Una escultura en el espacio público es un punto en un mapa, parte de una constelación mayor de otros monumentos. Estos puntos no solo condensan tiempos disímiles al recordar el pasado, sino que también extienden líneas sobre la propia ciudad: algunos han sido trasladados desde otras ubicaciones anteriores en la ciudad o el país, otros viajaron en barco desde confines del mundo. Cada punto dibuja líneas de tiempo invisibles y traza surcos imaginarios en el territorio inmediato y también lejano.
Laboratorio FaAAD es el curso inicial de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño de la Universidad Diego Portales, que recibe cada año a más de 400 estudiantes de primer año de las tres carreras. Concebido como un taller transversal e interdisciplinar, el curso articula el trabajo coordinado de 16 profesores, 8 ayudantes, un coordinador por escuela y la decanatura en la coordinación general.
En esta versión, el Laboratorio toma como punto de partida el libro “Santiago 1972-2004. Escultura Pública. Del monumento conmemorativo a la escultura urbana”, publicado hace 20 años por la escritora Liisa Voionmaa. Como ha ocurrido con muchas autoras de su generación, no ha recibido la atención suficiente en comparación al esfuerzo panorámico inédito por registrar y describir las esculturas y monumentos de la ciudad de Santiago. Su trabajo no es un inventario cerrado o una clasificación definitiva, pero permanece y está dispuesto a ser actualizado.
El proyecto del libro surge de una experiencia situada en la ciudad. En palabras de su autora, el impulso inicial del libro surge del deseo de una inmigrante de “conocer el centro histórico de Santiago a través de sus monumentos conmemorativos”, recorriendo la Alameda, las plazas y los espacios cívicos, y constatando en ese desplazamiento la ausencia de un registro sistemático. Ante la inexistencia de un catastro en el Consejo de Monumentos Nacionales, Voionmaa decidió construirlo, combinando el recorrido urbano con la investigación en archivos, particularmente en la Biblioteca Nacional.
Como ella misma ha señalado al reflexionar sobre su vida y obra, esta experiencia le otorgó “otra cosa, algo más personal… ser parte de la historia de Chile”. Sin duda, construyó este capítulo en una doble operación: caminar la ciudad y rastrear sus huellas documentales.
Agrupados por cercanía y sistemas de relaciones, el libro registra y organiza más de 100 monumentos en circuitos propuestos por su autora, y es precisamente esa lógica la que el curso adopta como constricción para salir a la ciudad, recorrerla colectivamente y actualizarla desde el presente. Más que partir desde barrios, calles o manzanas, el Laboratorio propone una forma alternativa de mirar la ciudad a partir de estos pequeños puntos en un mapa —las esculturas y los monumentos— que, leídos en su trama, remiten a distintas temporalidades superpuestas.
Por un lado, aparece el tiempo que la obra recuerda o conmemora; por otro, el momento histórico en que fue construida, cada uno con sus propias técnicas y visiones de mundo. Entender los monumentos como puntos que irradian líneas espaciales y temporales permite que emerjan relaciones formales, simbólicas, territoriales e históricas que permanecen invisibles. Comienzan a revelar afinidades y fricciones: repeticiones de gestos y materialidades, desplazamientos de sentido y lugar a lo largo del tiempo.
La constelación de puntos en el mapa de Santiago señala tanto continuidades como conflictos en las narrativas que la ciudad ha decidido fijar en su espacio público. Estos recorridos, entendidos como derivas urbanas, al descentrar las lógicas habituales de orientación, alteran también nuestra forma cotidiana de caminar y observar la ciudad. Se trata de una experiencia que rompe con las líneas urbanas establecidas y pone atención a las capas temporales, políticas y materiales que coexisten en sus espacios.
Esta forma de describir la ciudad dialoga con las prácticas desarrolladas por la Internacional Situacionista y la psicogeografía. El plano The Naked City (1957) de Guy Debord, que construye una cartografía fragmentada de París compuesta por sectores urbanos dislocados y conectados por flechas de intensidad, propone una lectura no continua ni funcional del espacio, sino organizada a partir de afinidades otras, como la de este libro.
Al igual que en ese plano de París, los recorridos del Laboratorio no buscan reconstruir una imagen total de la ciudad, sino activar relaciones parciales entre monumentos, poniendo en crisis los mapas convencionales y habilitando formas alternativas de orientación y sentido.
La lectura de los monumentos como puntos conectados por líneas invisibles se articula con la noción desarrollada por Tim Ingold, para quien conocer el mundo no consiste en observar objetos terminados, sino en seguir los trazos de su devenir: trayectorias, recorridos y gestos que se despliegan en el tiempo. Como señala Ingold, “las líneas no conectan puntos: los puntos son momentos en el flujo de las líneas”, desplazando así la atención desde el objeto aislado hacia el recorrido que lo produce y lo vincula con otros.
En Líneas. Una breve historia, el autor insiste en que caminar, dibujar o escribir son formas análogas de trazar prácticas en las que el conocimiento emerge del movimiento: “no avanzamos de punto en punto, sino a lo largo de trayectorias”. Las líneas de recorrido y las líneas de memoria se activan al recorrer la ciudad colectivamente.
El Laboratorio FaAAD lee la ciudad como un entramado de puntos y líneas: relaciones temporales y materiales que se rehacen cada vez que son recorridas desde el presente.
Alejandra Celedón.