Publicado
13 / 10 / 2026

En 1934, cuando Gardel cantaba el tango Volver, veinte años podían sentirse como un intervalo relativamente breve dentro de una vida, a pesar de las transformaciones enormes y decisivas que contenían sus dos décadas previas. Aún así, la experiencia cotidiana del cambio no estaba organizada por una actualización permanente como lo es hoy, donde hemos visto nacer y morir objetos, programas y plataformas digitales que condensan en veinte años una época tecnológica completa.

El año 2006 puede entenderse aquí como una coordenada cero: un punto de referencia desde el que situar transformaciones políticas, culturales y tecnológicas. Mientras Chile atravesaba una serie de acontecimientos que marcarían el rumbo político y social de las décadas siguientes, como la elección de su primera presidenta mujer, la irrupción de la Revolución Pingüina y el cierre simbólico de una etapa marcada por la figura del dictador, a nivel global comenzaba a consolidarse un nuevo régimen técnico que alteraría las nociones que hasta entonces habían estructurado el siglo veinte. 

Es en este contexto que se funda la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales, con un proyecto formativo centrado en el arte contemporáneo y atento a las nuevas condiciones desde las cuales comenzaban a reorganizarse la producción de conocimiento y los imaginarios culturales. Su trayectoria transcurre junto a un período marcado por la conectividad permanente, el acceso inmediato a la información, la circulación acelerada de imágenes y la expansión de las plataformas digitales. Un tiempo que no solo ha transformado las condiciones de lo visible, sino también las formas en que construimos sentido.

Las obras reunidas en esta muestra pertenecen a cuarenta artistas formados dentro de esta Escuela. Desde su primer egreso, en 2011, estas distintas generaciones han desarrollado prácticas que interrogan las formas en que se construye la experiencia contemporánea. A través de materiales duros y superficies frágiles; de la persistencia del oficio y la saturación de lo pop; de lo artesanal y lo digital; de la memoria y la inmediatez; de la acumulación visual y la borradura; de la geometría brillante y las formas erosionadas por el uso, el tiempo o la historia ensayan maneras de situarse frente a lo que ha sido el presente explorando aquello que permanece por fuera de los sistemas que buscan volverlo transparente.

Un artista se sitúa por fuera de la temperatura habitual de su contexto: ver más allá, percibir aquellas relaciones o formas no aparentes, acumular intentos, errores y experimentaciones, imaginar lo que todavía no existe, son quizás los síntomas de un cuerpo que responde a algo, a un estímulo permanente. La fiebre no es una enfermedad en sí misma, es más bien una respuesta del organismo ante una infección, así lo describe la ciencia, pero el deseo, el enamoramiento o la ansiedad también podrían ser estados excepcionales.

Quizás sea precisamente esta condición febril la que permite pensar estas obras como síntomas de su tiempo: de un Chile que se desenvuelve en los extremos de la crisis y la celebración, el desastre y la reconstrucción, la protesta y la institucionalidad. Una mirada febril es aquella que, en lugar de buscar la calma o el equilibrio, se deja atravesar por el exceso, la contradicción y la incertidumbre del presente.

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